lunes, 4 de junio de 2012

Me abofeteas en público porque me amas



Mientras te espero me ensueño contigo y pienso que ya éramos novios e íbamos por la calle, cuando de pronto no pude evitarlo y te toqué el culo. Tú te paraste, te volviste, me miraste a los ojos y me diste una hostia en medio de la calle, en medio de la gente. Y nos quedamos callados mirándonos a los ojos. Yo no sabía qué hacer, no dije nada, pero bajé los ojos, no pude mantenerte la mirada y te cogí la mano para besártela.

Y luego seguimos nuestro camino por la acera. No volvimos a hablar del aquello, pero otro día que te levanté un poco la voz para contestarte, me diste otra hostia. Y volvimos a quedarnos callados, pero yo volví a coger la mano y a besártela, mientras tú me mirabas a los ojos, sonreías. Y yo los bajaba al suelo.

Desde entonces no hemos tenido que volver a hablar del asunto porque no necesitamos saber nada más. Cuando quieres me das un par de hostias, a veces tres o cuatro e incluso alguna que otra vez, sin venir a cuento. Por gusto. Porque sí, Porque sabes que yo te cogeré de la mano y te la besaré, sin decir nada. Bueno, sí te digo: te digo que te amo, que quiero ser tuyo, que me encanta que hagas tus anta voluntad conmigo y me tengas pendiente de mí, de tus caprichos, de tus antojos.

Y te digo que cuando más dura eres, más te amo; que cuando más exigente eres conmigo más te deseo, que quiero besar el suelo que pisar y desvivirme por darte placer, por conseguir todo lo que tú quieras porque me encanta y excita que me domines.
- Gracias por dejarme amarte de esta manera -te digo.

Y tú sonríes, me das un tierno beso y me dices que cada día te gusto más. Y no me extraña porque desde aquella primera bofetada hemos ido avanzando y cada día tienes más caprichos y cada día yo soy más dócil. Y más feliz.

Incluso creo que tú sabes que a veces hago cosas que sé que no te gustan con el fin de que me castigues, de que me des de hostias porque intuyes que cuando más me castigas, más me azotas el culo con la zapatilla o más me castigas, más me quieres. Y porque lo haces con mucha soltura y sé que incluso te excitas, pues el otro día, tras darme cuatro seguidas, te subiste la falda, te bajaste las bragas y llevaste mi cabeza a tu coño para que te lo lamiera. Y eso hice, con fruición, porque me lo encontré mojado.

Muy mojado. te habías excitado o al darme de hostias pero más que por el hecho en sí de poder hacerlo, por lo que significa, porque sabes que puedes hacerlo y ese poder te excita. Y porque también sabes que a mí me gusta desde que la tercera vez que me abofeteaste, me cogiste de la entrepierna y viste que tenía la polla dura, Muy dura. Desde entonces no hemos necesitado hablar nada de todo esto. Los dos sabemos lo que hacemos. Ayer, volviste a darme de hostias sin motivo, porque sí, porque te apetecía.
- Te quiero -me dijiste tras la cuarta.
- Yo también te quiero, amor mío.
- Entonces querrás casarte conmigo.
- Sí, estoy loco por hacerlo.

Y para celebrarlo me volviste a dar otras cuatro hostias que recibí de rodillas, con la manos en la espalda, la espalda recta y la cabeza alta.
- Te veo altivo y orgulloso al recibir mi castigo.
- Es cierto. Estoy orgullosísimo.

Y yo te besé la mano con la que me habías abofeteado y te dije que sí, que quiero casarme contigo, que te amo más que a mí vida y que quiero ir contigo al fin del mundo o a donde quieras llevarme para seguir amándote cada día más.
- Porque tu voluntad es la mía, tus caprichos son un deleite y tus castigos un premio.

Y entonces te sentaste en una silla que tiene abierto un agujero debajo y yo me tendí en el suelo bajo ella para pasar la tarde lamiéndote el culito, como tanto te gusta, mientras tu ves la tele, lees o llamas por teléfono a tus amigas. O a tus amigos.

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