miércoles, 19 de enero de 2011

Para que tu goces, mi Ama (I)



Pienso en ti y me imagino que quieres iniciarme en los cuernos, en ser un cornudo sumiso. Y soy tu sumiso, pero ahora quieres dar un paso más e iniciarme en los cuernos como forma de demostrarte que te amo tanto que tu placer y tu libertad es mi placer. Que gozo al verte a ti gozar en los brazos de otro porque tu placer es el mío.

Quieres adiestrarme, según me has dicho. Y me arrodillaste entre tus hermosos muslazos mientras tú navegabas por Internet y yo metía me lengua en tu coño, que noté ya mojado, por lo que deduje que estabas chateando con los muchos chicos que te pretenden. Porque tú eres libre, siempre lo has sido, y yo soy tu sumiso esclavo.

Y cuando noté que estabas excitada te pregunté qué era lo que te excitaba y me dijiste que no era por el chateo con tus amigos, sino porque recordabas un encuentro que habías tenido con un viejo amigo; con un chico que se llama Abel.

- Cuéntamelo, Ama.
- ¿Quieres que te lo cuente? ¿Y si sufres?... Porque no sé si estás preparado para los cuernos y con ese chico tuve una historia cuando era joven y ese encuentro me marcó, me llegó dentro y dejo una huellita de esas que no se olvidan, como la primera vez, el primer beso y todo eso.
- No sufro, mi Ama. Soy masoquista, tu masoquista y en cualquier caso me gusta sufrir mientras tú te corres de orgasmo en orgasmo porque ese dolor me da placer. Tu placer y yo dolor, es mí destino y lo acepto. encantado. Es más: te lo suplico. Tú gozando y corriéndote y yo sufriendo/gozando para que tú disfrutes.

- Es cierto, ya tienes la polla dura y todavía no he empezado. Me gusta. Puede que valgas para cornudo.
- Lo deseo con toda mi alma.
- Bueno, pues entonces te cuento que ayer quedé con Abel en la entrada de unos grandes almacenes, estaba nerviosísima, era nuestro primer encuentro desde que se marcho a trabajar fuera, no sabía si iba a ser capaz de mantenerme en pie, me castañeaban los dientes y mis rodillas creo que alertaban a todo el que pasaba del miedo y los nervios que estaba pasando, por mi mente no dejaban de pasar miles de imágenes, la primera vez que me beso, uff, en la cafetería del instituto y me acorraló contra la máquina de la coca-cola, creo que jamás me han besado con tanto ímpetu, parecía que me arrancaba el aliento en cada movimiento de su lengua, dios que bien besaba!, y ahora estaba a escasos minutos de volver a verlo.

-¿Quieres que siga?
- Sí, sigue mi Ama, por favor.
- ¿Gozas?
- Sí mi Ama, me gusta sufrir por ti, por tu placer. Porque así gozo.
- Es verdad, la tienes más dura aún. Pues entonces te cuento, pero sigue lamiéndome bien el coño porque tienes la polla muy dura y yo casi estoy a punto de correrme.

Y era cierto. Me la habías puesto dura al contarme su aventura con tu ex novio. Así que seguí lamiéndote el coño bien lamido, de arriba a bajo y de abajo arriba, hasta las inglés y vuelta a empezar mientras oía tu aventura con tu antiguo amante.

- Pues sigo, porque entonces sonó mi móvil y era él, me decía que había llegado muy pronto y estaba dentro en una cafetería, que fuera a buscarlo, temía no reconocerme, (así como si yo no a él), colgué el teléfono y entre, me dirigí hacia la cafetería y desde la puerta mire buscando sus ojos entre tanta gente, mi corazón comenzó a latir desbocado, sus preciosos ojos negros me sonreían desde el fondo del local, entre iluminando todo con mi sonrisa, estaba guapísimo, se había dejado el pelo larguito y estaba más cachitas que de jovencito.
- ¿Quieres que siga?
- Sí, Ama, sigue, quiero verte gozar de placer, aunque sea a costa de mi sufrimiento.
- Entonces sigo, pero no te corras porque no tienes permiso. Y sigue lamiéndome el coño, cariño, que me gusta mucho tenerte aquí de rodillas entre mis muslos, lamiéndome el coño, mientras te cuento cómo he follado con otro tío, con otro macho.
- Sí, Ama, lo acepto.
- Me gusta que te guste, porque eso significa que me amas, que tienes vena de cornudo y que puedo hacer de ti un buen cornudo sumiso.
- Gracias, Ama.
- Pero antes que siga, quiero darte unos azotes en el culo. Quiero que te sientas cornudo y apaleado, que avances en tus límites y te entregues más aún.
- ¿Quieres que te azote?
- Sí, mi Ama. Hazlo, por favor. Te lo suplico.
(continuará)

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