jueves, 5 de mayo de 2011

La puta y su cornudo (I)

No sé si existes, pero mientras te busco y encuentro, me ensueño contigo y me pongo a escribir un relato inspirado en ti, en esa chica que busco. Y pienso que a ella la conocí en una cafetería mientras tomaba café, y me quedé prendado de ella sin saber por qué. Y cuando se marchó la seguí hasta su casa procurando que no me viera.

Y así un día tras otro, aunque creo que ella sabía que la seguía porque de vez en cuando hacía como que se echaba el pelo por detrás de la oreja y me miraba. Yo me escondía y luego la volvía a seguir hasta que llegaba a su casa.
Hasta que un día se volvió, se vino hacía mí y me preguntó porqué la seguía. Yle dije que me gustaba mucho, que soñaba todos los días con ella, que la amaba platónicamente, pero que como era tímido, no me atrevía a decirle nada. Ella sonrío y me dio un beso en la mejilla. A partir de ese momento nos encontramos más veces, tomábamos café y luego dábamos alguna vuelta por el pueblo. Yo un día le propuse que saliéramos en serio, que fuésemos novios, pero ella me contestó que no, que no podía.
- ¿No puedes? –le pregunto uno extrañado.
- No, no puedo –replicó ella muy seria-, y no me preguntes más.

Y seguimos saliendo y paseando, disfrutando del momento de estar con ella y sin proponerla nada más, hasta que un día un conocido se acercó a mí y me dijo que la chica aquella, ¿tu novia?, trabajaba en una casa de masajes de la capital. No lo creí, claro, estuve a punto de cogerlo del cuello, pero pensé que a él también le gustaba ella y que estaría celoso.

Pero la seguí. Y comprobé que, sí, que por las mañanas cogía el autobús y se iba a la capital para trabajar allí en un piso de putas y por la noche volvía a la localidad, sin que nadie pudiera haber sospechado nada. Tenía horario laboral de mañana, como muchas de sus compañeras casadas que oficiaban de putas por el día y por la tarde, mientras sus maridos estaban fuera. Pero ella era soltera. ¿Cómo se explicaba que una chica soltera, guapa y con un cuerpazo de ensueño, trabajara de puta? Se lo pregunté y sonrío.

Por el dinero, obviamente, me contestó. Y porque me gusta ser puta, sentir como un macho se pone cachondo al verme, cómo se le pone dura, cómo me desea y como anhela follarme. Y si encima me pagan y bien, miel sobre hojuelas, aunque si no fuera así seguiría yendo al piso para hacerlo gratis, es superior a mis fuerzas, me gustan todos los hombres de verdad, los verdaderos machos y se me moja el coño nada más advertir que a ellos se les pone dura.

Me quedé asombrado, pero a esas alturas ya la amaba con toda mi alma, con todo mi ser y con cada poro de mi piel. Y se lo dije. Ella contestó que también me apreciaba mucho, pero que las cosas estaban así y que no podían cambiar. Ella no quería que cambiaran, pues era feliz sintiéndose puta y gozando como una puta. Y yo, sorpresivamente, le dije que no me importaba, que la quería tanto que no me importaba compartirla con otros y que siguiera sintiéndose puta.
- ¿Seguro?
- Sí, seguro
- ¿No te importa ser un cornudo sumiso y consentido?
- No, no me importa. Ella cabeceó de un lado a otro, no se lo creía; pero cuando bajo la mirada y vio que el pantalón me abultaba, me echó mano a la polla y comprobó que sí, que efectivamente estaba dura, muy dura.
- Así es que además de cornudo, te gusta que te humille al recordarte que lo eres –me dijo, mientras se abrazaba a mí y me besaba-. Somos la pareja perfecta: la puya y el cornudo -añadió.

Y nos casamos, porque ella insistió en ello porque así no tendría que esconderse tanto para sus viajes a la capital, tendría coartada porque al único que se suponía que tendría que darle explicaciones, a mí, no se las iba a dar obviamente. Y porque los verdaderos cuernos son el matrimonio, los legítimos, los que de verdad se lucen -según me decía ella-, los más honrosos, los cuernos de verdad.
- Para enorgullecerte de ser cornudo, para sentirte humillado de verdad al serlo y que yo pueda humillarte recordándote cada día que lo eres, tenemos que casarnos- me dijo con una lógica aristotélica. Y yo comprendí que era así, que para mi verdadera felicidad como cornudo, tendríamos que casarnos.

Nuestra noche de bodas fue muy clásica, si exceptuamos que era entre una puta y un cornudo sumiso, y que por tanto ella se la pasó follando con unos gigolós compañeros suyos y yo, pajéandome, mientras miraba desde un sillón, porque ella a estas alturas me quería ya mucho, según me dijo y me prometió que me dejaría ver todas sus folladas como puta, que estaría siempre delante y que nunca follaría sin que yo lo viera.

¿Cómo? Pues habló con el dueño del piso de masajes y le explicó las circunstancias, por lo que llegaron a la conclusión de que lo mejor sería que ella prestara un nuevo servicio en el piso, que además estaba muy demandado por la sociedad. Y así fue como un día salió un nuevo anuncio en la sección de contactos del periódico regional: "Mi marido es cornudo sumiso, le gusta ver como lo hago cornudo y sentirse cornudo, si quieres follarme a mí y que lo humillemos a él, llámame. Precios razonables".

(Continúa más abajo)

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