domingo, 17 de junio de 2012

No soy un cornudo sumiso, sino "tu" sumiso



Esta mañana te he acompañado al  trabajo donde te he besado las manos delante de tus compañeras para demostrarte que te amo, que soy tuyo, tu esclavo, tu puta sumisa. Y tú has sonreído y has entrado, mientras yo me volvía a casa andando, dando un paseo y disfrutando del placer de estar contigo, de ser y sentirme tu cornudo sumiso, tu esclavo, tu puta zorra.

Y cuando he llegado a casa me he desnudado, me he quedado con las braguitas y el cinturón de castidad y he seguido con la limpieza hasta que tú has vuelto a las 4 aproximadamente, porque sales a las 3 de trabajar y te vas con los compañeros a tomar unas cervezas. Pero antes me has llamado por teléfono, has dicho que pusiera la webcam, que me doblara ante la cámara para enseñar mi culo y que me diera diez azotes con el cepillo de pelo. Y lo he hecho sin preguntar por qué, mientras tu mirabas desde el ordenador de tu oficina.

No es menester preguntar por qué me he de azotar el culo porque sé que tú puedes hacerlo porque sí, por capricho y sin tener que dar ninguna explicación, ni excusa. Y me los he dado y cuando has visto mi culo rojo, me has tirado un beso por la webcam que me ha emocionado. Y luego he terminado de limpiar la casa y me he dispuesto a esperar que llegaras para pasar la tarde adorándote mientras ves la televisión, navegas por Internet o hablas por teléfono con tus amigas. Pero cuando has llegado estabas enfadada y no sabía por qué.

Te pregunté, pero no dijiste nada y te metiste en la ducha donde también te negaste a que te enjabonara como hago siempre. Tampoco quisiste mearte sobre mi cara, como sueles hacer. Y te negaste a que te secara. Y a que te pusiera la crema hidratante por todo su cuerpo. Y a que te llevara luego en brazos a la cama para vestirte desde las braguitas, hasta el sujetador, las medias, la falda o la blusa que te suelo abotonar. No quisiste. Estabas seria.

Así que fui al cajón de tu cómoda en el que guardas la correa que usas para castigarme y me arrodille ante ti para ofrecértela con las manos extendidas y que me castigaras, aunque yo no supiera por qué. Para me azotaras cuanto antes porque el mayor dolor no eran tus trallazos, sino verte seria conmigo. Verte enfadada. No podía soportarlo.

- Castígame, Ama. No sé por qué, no sé lo que he hecho, pero estaré encantado de que me castigues aunque yo no sepa por qué. Estoy seguro de que tú si lo sabes. Y de que me lo merezco.
- ¿Crees que te mereces el castigo y no sabes por qué?
- Sí, mi Ama, estoy seguro de que me lo merezco, aunque todavía no sepa qué he hecho mal. Pero me lo merezco.

Y tú rechazaste la correa, y me diste cuatro hostias que me voltearon la cara mientras yo te besaba la mano y te daba las gracias tras cada una de ellas. Y luego te levantaste y me dejaste allí con la cara roja sin saber qué había hecho. Todavía no me habías perdonado y te supliqué que me perdonaras. No sabía por qué, pero quería buscar tu perdón, aunque no sabía cómo.

- ¿Me pides perdón sin saber qué has hecho mal?
- Sí, mi Ama. No lo sé, pero habré hecho algo para que tú estés tan enfadada y me hayas castigado. Tú siempre tienes razón.
- Es cierto. Has hecho algo malo: se te ha olvidado llamarme al trabajo para decirme que me quieres.
- Lo siento, mi Ama, perdóname.

Y tú me has perdonado, por fin, pero has vuelto a darme cuatro hostias mientras yo te decía que te quería tras cada uno de ellas y te besaba la mano para darte las gracias por cada bofetada. Y luego he tenido que arrodillarme entre tus muslos mientras navegas por Internet, mientras chateas con otros hombres, porque te gusta tenerme lamiéndote el coño o los muslos, mientras ligas con ellos por el chat y tú me cuentas en voz alta qué te dicen, qué te proponen, cómo quieren follarte y qué les contestas, cómo te los follarías.

Lo haces para darme a entender que aunque yo estoy en castidad y no puedo ni mirar a una mujer por la calle, tú eres libre y puedes follar con quien quieras, donde quieras y cuando quieras. Aunque en realidad sólo me corneas con el mismo todos los martes. Pero te gusta ligar, coquetear y calentar a los tíos por Internet y eso me cuentas mientras te lamo el coño y huelo la excitación que te provocan otros hombres, otros machos.

Y cuando te cansas, te levantas del ordenador y te sientas en una silla de playa que tenemos que tiene un agujero debajo para que yo pueda recostarme bajo la silla, meter mi cabeza en el agujero y que tú puedas sentarte sobre mi cara. Así, mientras tú ves la tele o alguna revista, yo te lamo el culo o el coño, según tú me indicas. En esa silla suelo pasar muchas horas, aunque también te sueles sentar en el sofá y entonces yo me siento en el suelo y pongo mi cabeza sobre tu regazo para decirte que te quiero, que estoy muy enamorado de ti y que te amo como jamás se puede amar a nadie.

Y luego, cuando te has cansado de ver la tele, has salido a la calle para tomar unas copas con tus amigas, mientras yo permanecía echado a los pies de la cama esperándote. Has vuelto ya cenada y yo te he desnudado con mimo, te he puesto un picardías que siempre llevas por casa para estar cómoda y tenerme excitado, y has vuelto a ponerte en el ordenador para chatear con tus ligues, mientras yo metía mi cabeza entre tus muslos y la dejaba allí quieta.



Muy quieta, pero oliendo la excitación de tu coño, el olor a hembra excitada al hablar con otros tíos de sexo, al ligar con ellos, y al oír de tu propia voz cómo te los follarías y cómo ellos querían follar contigo. En voz alta para que lo oyera mientras tenía mi cabeza metida entre tus muslos y podía oler la excitación de tu coño.
- ¿Notas como me excito al chatear con otros machos, mi cornudo?
- Sí, mi Ama. desde aquí huelo el placer de tu excitación.
- Dime cielo: ¿Te gusta oler el placer que otros hombres me provocan?
- Sí, mi Ama
- ¿Por qué?
- Porque soy un cornudo sumiso.
- No, no es eso.
- Es verdad no soy "un", sino "tu" cornudo sumiso.
- ¿Y qué más?
- Tu cornudo sumiso que te ama tanto, está tan enamorado de ti, que disfruta al saber que te excitan otros hombres, que se te moja el coño al hablar con ellos, que te pones cachonda al desearlos y conocerlos.
- Eres un buen cornudo, cariño, no hay duda.
- Lo sé mi Ama. Tú me has hecho ser así. Soy obra tuya.
- Eres mi obra, mi puta sumisa, mi cornudo, y estoy orgulloso de ti. Es imposible encontrar un cornudo mayor que tú.
- Lo sé, mi Ama
- Pero todavía tienes que bajar más en tu sumisión a mí, ¿verdad cornudo?
- Sí, Ama, todavía me queda mucho por aprender y mucho por someterme. Esto es sólo el principio.

Y te agachaste para sacar mi cabeza de entre tus muslos y darme un tierno beso en los labios. Y luego te cogí en brazos y te llevé a la cama para que pudieras descansar pues al día siguiente tenía que madrugar como todos los días. Y te quité el picardías, lo doblé, te arropé y me acosté a tu lado abrazándote por detrás, a lo cucharita, para decirte al oído que te amaba, que te amo, que te quiero y que quiero ser cada día más sumiso a ti y a tus caprichos.
- Lo sé, cielo. Pero mañana te toca puesta de cuernos.

Y me dormí abrazado a ti y dándote las gracias por permitirme ser tu cornudo sumiso.
Porque te quiero amor mío y me muero por consentirte.

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