viernes, 21 de septiembre de 2012

Sumiso, cornudo y feliz (I)

Te había visto muchas veces por la calle, siempre acompañada de un chico. Salías con alguno, pero pasados unos días te veía con otro. Eras muy joven, rubia, con el pelo rizado y tenías unos muslazos y un culo que eran toda una tentación. Pero eras muy joven.  Mucho más que yo y pese a que me sentía muy atraído hacia ti,  jamás había pensado mirarte de forma descarada porque sabía la diferencia de edad y que para ti era trasparente. Ni me veías. Eso supuse.

Vivíamos en la misma acera, dos o tres portales por medio, y siempre que te veía me extrañaba de que cambiaras tanto de chico. Que te duraran tan poco. La verdad es que eras una mujer muy atractiva, con un cuerpo de guitarra y un culo prominente y enloquecedor. Eras el deseo en carne viva. Podías conseguir al tío que te propusieras y lo sabías. Y lo hacías. Pero se conoce que ninguno te convencía porque cambiabas de chico a los pocos meses.

Fueron pasando los días, los meses, y los años, y un día que noté que llevabas ya algún tiempo sin salir con nadie, me atreví a pararte en la calle e invitarte a tomar un café. Tú me miraste y me dijiste que sí. Y me quedé sorprendido, pero muy contento, como es natural.

Cuando nos vimos en el café charlamos sobre cuestiones banales, me dijiste que me conocías como vecino, que me habías visto muchas veces por la calle y que te caía bien. Así que  llegado el  momento en el que había cogido confianza, te pregunté por qué no tenías novio ni te habías casado. Por qué te duraban tan poco los chicos. ”Es que soy muy exigente”, me respondiste.

Y me encogí de hombros, no lo entendía. Entonces me confesaste lo que te ocurría: que no encontrabas al hombre de tus sueños porque eras una mujer muy exigente.
-       - ¿Exigente?...
-       - Digamos que caprichosa y dominante.

Asentí y me quedé callado, pero tú me aclaraste que los chicos no cumplían tus requisitos, que todo procedía de una experiencia que tuviste cuando eras niña pues viste a los padres de una amiga en su cuarto y eso te traumatizó ya de niña. “Para bien”, me aclaraste.
Fue   en casa de una  amiga, cuando jugabais al escondite y te ocultaste en la habitación de sus padres, tras un armario. Al rato de estar allí agazapada entraron sus padres, se desnudaron y viste como ella le ponía una correa de perro en el cuello, le ataba una cadena y lo llevaba a la cama donde lo echó de bruces y comenzó a azotarlo.

Aquello te causó una extraña sensación porque aunque no entendías muy bien qué ocurría,  te excitaste y tuviste tu primer orgasmo,  sin tocarte el sexo. Sólo con mirar aquella escena, porque lo que más te sedujo fue que el hombre, pese a estar siendo azotado en el culo por su mujer, tenía la polla dura. Le gustaba ser azotado, castigado y humillado. Y eso a ti también te gustó.

La búsqueda
Tanto que estuviste toda la adolescencia buscando un hombre como aquel, y luego en la universidad, pero no diste con ninguno porque aunque habías conocido algún chico sumiso, no lo era lo suficiente. No pasaba la prueba, ni el listón que tú te habías impuesto. Así que te dedicaste a follar con casi todos los alumnos de tu clase de la facultad, eras ninfómana, según me dijiste, porque buscabas insistentemente el placer que sentiste cuando pequeña. Y  sobre todo  a ese chico sumiso que te complaciera.

Una amiga te dijo que ya que te comportabas como una puta al follar con todos y te gustaba tanto,  que, al menos, cobraras por ello porque sabía de algunas chicas universitarias que iban a un piso en el que se prostituían y cobraban. Ella podría trabajar en el que le gustaba, follar a los tíos y además ganarse un montón  dinero para sus caprichos porque a aquel piso iban sobre todo ejecutivos casados con posibles.

Fue así como empezaste a trabajar de puta y según me dijiste, te corrías con todos los clientes porque eras y eres ninfómana y te vuelve loca follar. “Y encima me pagaban”, me aclaraste. Aunque seguías sin encontrar a ese chico al que dominar. Así estuviste algunos meses, ganando mucha pasta y follando dos o tres veces al día tras salir de clase, hasta que un día llegó al piso un chico joven, un ejecutivo que pedía servicios especiales.
La madame que regentaba el piso preguntó quién de vosotras quería dar el servicio y cuando comentó las peculiaridades que pedía el chico, tú te ofreciste voluntaria.  Y lo dominaste con tanto fervor, con tanto ardor y con tanto ímpetu que el chico quedó prendado de ti y volvió al piso muy a menudo.
-      -  Es que cuando él veía que lo azotaba y que yo tenía el coño mojado y que incluso me corría de placer al hacerlo, todavía sentía más placer.

Pero él estaba casado, aunque corrió la voz por Internet y pronto tuviste muchos nuevos cliente; la mayor parte de ellos ejecutivos que pagaban muy bien, pero que estaban casados. Y los que estaban solteros no superan el listón que tú te habías puesto. No quise preguntarte por ese listón, me daba miedo saberlo, pero tú seguiste contando que allí seguiste hasta que terminaste la carrera y comenzaste a trabajar.

Desde entonces había salido con muchos chicos, pero ninguno superaba tus expectativas.

-      -Soy ninfómana –me aclaraste.  Soy muy puta y dominante, casi cruel y ningún chico aguanta lo que le hago.
-      -Yo por ti haría eso y más –te confesé de pronto, sin darme ni cuenta de lo que decía.
-      - Lo siento, pero ya estoy cansada de buscar y decepcionarme con los hombres.
-     - Por favor, te lo suplico. Ponme a prueba.
-     - ¿Estás seguro de que aguantarás?
-     - Sí, por favor. Ponme a prueba.
-   - ¿Sabes que jamás follarás conmigo?
-    - Sí, me lo imaginaba.
-     - Veremos si lo soportas.
(
        (Continuará)

0 comentarios :

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.