domingo, 23 de septiembre de 2012

Sumiso, cornudo y feliz (II)


El curso aprobado
Y me pusiste a prueba. Aprobé el curso porque jamás intenté penetrarte. Ni se me pasó por la cabeza. Tu coño era de Diosa y mi polla (mi pito, según decías), no era digno de profanar tu sagrado coño. Pero tengo que abreviar porque dentro de poco vendrás a casa y no quiero que leas este diario. Aprobé el curso, ya digo.  Aprobé  “el primer curso”, como tú decías. Y  soporté  con placer que me obligaras a limpiarte la casa de arriba a bajo, hacerte la colada, esperarte de rodillas a que volvieras a casa…Y que me azotaras, te mearas en mi cara en la bañera o me dieras bofetadas sin venir a cuento, porque sí, porque podías hacer, porque te salía del coño y te daba placer.

De hecho después de recibir tus hostias, me acercaba de rodillas a tu coño para lamerlo y estaba mojado. Qué digo: estaba encharcado. Te corrías al hostiarme una y otra vez. Tenías orgasmos múltiples al dominarme. 

Así que había aprobado el primer curso, pero me faltaba la licenciatura. Había superado que me ataras los brazos en cruz  a unas argollas de la pared enfrente a tu cama y que me pusieras pinzas en los pezones, mientras tú te masturbabas delante de mí y te corrías de gusto al ver mi polla dura por el dolor. Te excitaba verme sufrir y gozar con el dolor y tú te corrías una y otra vez, a veces durante más de media hora y echabas unos chorritos por tu coño tras cada orgasmo.

Recientemente, incluso, me clavas agujas hipodérmicas en los pezones y te quedas mirando como caen los hilillos de sangre por mi pecho, mientras te masturbas y te corres una y otra vez com,o una perra salida.
-  Soy ninfómana y sádica. Muy sádica –me decías al correrte.
-  Pero, ¿te hago feliz?
-  Sí, porque eres un buen masoca, pero todavía te falta la licenciatura.

La licenciatura
La licenciatura fue al día siguiente. Me desnudaste, ataste los brazos en cruz, me clavaste agujas en los pezones y te volviste a echarte sobre la cama para mirarme y masturbarte. Pero en esta ocasión te corriste pocas veces. Te noté extraña.
- Es que no quiero cansarme, porque hoy te licencias. Si apruebas –añadiste enigmática.

Y saliste a la calle para volver al poco tiempo con un chico del que me habías hablado porque era compañero de trabajo.
-  Este es el cornudo –le dijiste a él señalándome-. El aspirante a cornudo. No sé si podrá superarlo o le ocurrirá como a tantos otros: que prometen mucho pero a la hora de la verdad, se echan para atrás. No pueden soportarlo.

No dije nada. No podía. Tenía un nudo en el estómago y me sentía humillado. Muy humillado. Pero también sentía una extraña sensación de entrega, de abandono. Luego supe que a ese estado se le llama el “subpacio D/s”, pero entonces no lo sabía. Aunque tú sí que lo sabía, eso supuse, porque te acercaste, miraste mi pito y viste que estaba duro, muy duro.
- Parece que el cornudo está excitado, que sí aprueba la licenciatura –le comentaste al chico, mientras lo desnudabas, te arrodillabas, le chupabas la polla y te lo llevabas luego a la cama.

A tu cama de matrimonio porque aunque éramos pareja, yo dormía en el suelo, en la alfombra y jamás había pisado tu lecho. No podía profanarlo, según me decías, mientras asomabas la cabeza y mirabas hacia abajo, a donde yo reposaba procurando verte dormir. Ver tu hermoso cuerpo desnudo o vestido sólo con braguitas.

Ver esos precisos pechos que jamás había besado, chupado, ni lamido. Ese coño que no había besado, excepto cuando te apetecía sentir mi lengua por encima de la braga. Pero siempre con la braga puesta. Y tu culo, ese culo que sí que había chupado, lamido, besado y vuelto a lamer durante horas, hasta que conseguía que te corrieras sólo con mis lamidas.

Y te pusiste a follar con él. Y digo pusiste porque eras tú la que te clavabas encima de él y te lo follabas mientras me mirabas y me decías lo cornudo que era, lo excitado que yo estaba y los orgasmos que tenías al humillarme, hacerme cornudo y follar con tu amante.
- Follar sin hacerte cornudo no me da placer, es como la cerveza sin alcohol, pero follar delante de ti, mientras tienes los pezones clavados por agujas, estás atado y tienes la polla dura al verte y saberte cornudo, son orgasmos de muy alta graduación.

Y yo asentía, te miraba y te daba las gracias por hacerme cornudo.  Y así estuviste hasta que te cansaste de correrte y él ya no pudo más. Lo morreabas para excitarlo, para que se le pusiera de nuevo dura, pero él ya no podía. Entonces se te ocurrió una idea. Viniste hacía mi, me desataste, me quitaste las agujas de los pezones y llevaste mi cabeza a la polla de tu amante para que se la chupara.
-  Excítalo para mí. Haz que se le ponga dura para que me lo pueda follar otra vez.

Y eso hice, metí su polla en mi boca, chupe y lamí como si me fuera en ello la vida y conseguí que se pusiera de nuevo dura, aunque no fue por mi trabajo sobre su polla, sino porque él se excitó al ver que mientras se la chupaba tú me azotabas el culo y me decías cornudo tras cada azote. Eso lo puso como una moto y cuanto tú te diste cuenta, me aparataste, te encaramaste encima de él y volviste a follártelo.
- Joder, que placer me das cornudo. No pudo vivir sin ti, sin tus cuernos.

Y volviste a follártelo dos veces más hasta que te quedaste exhausta y él se levantó  y se fue. Sé que te despediste de él morreándote en la puerta, besándolo con unos labios que yo jamás había besado y que sabía que jamás besaría.
-  Has aprobado la licenciatura –me dijiste cuando regrésate de despedir  a tu amante.
-  Gracias por probarme.
-  Bien, ahora ya puedes lamerme el coño. Ese es tu premio de cornudo: lamerme por fin el coño después de haber follado con otro macho. Sólo después de haberlo hecho. Jamás podrás lamérmelo si antes no ha sido follado por otra polla. ¿Lo aceptas?
-  Sí, amor mío.
-  ¿Me amas?
-  Sí, mucho.
-  ¿Aceptas ser cornudo sumiso?
-  Sí, mi vida-
-  Me alegro porque no  puedo vivir sin estos orgasmos cornudos, porque los otros son de broma. Los buenos, los pata negra, son los que siento al humillarte y hacerte cornudo.
-   Lo sé, amor mío. Y lo comprendo.
-   Me alegro. Vamos a ser muy felices.

Y nos casamos. Ahora estoy esperando a que vengas con tu amante. Me atarás las manos en cruz, me clavarás agujas en los pezones y te pondrás a follar con tu nuevo amante mientras te corres de gusto varias veces. Muchas veces porque eres multiorgásmica y ninfómana y sólo saboreas los orgamos pata negra, los que tienes cuando me causas dolor, me humillas y me haces cornudo. Sólo así alcanzas el placer de verdad, la plenitud. Y sólo así  eres feliz. Y yo soy feliz.
-  Estamos hecho el uno para el otro –me habías dicho en el altar, antes de dar el “sí, quiero”.
-   Lo sé, amor mío –te había contestado al ponerte el anillo que a veces   dejas en la mesilla para cogerlo, ponértelo en la mano abierta y que tui amante se corra sobre él y lo llene de leche.
-  Déjale claro al cornudo quién es aquí el macho de verdad –le decías mientras lo masturbabas para que se corriera.

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