miércoles, 3 de octubre de 2012

Cornudo desde antes de la noche de bodas

He llegado a casa y te he visto así. Y he sabido al instante por tu actitud, por su postura, que acabas de follar con él. Y no sé qué   hacer porque no quiero molestarte y  sacarte de tú embeleso y ensimismamiento. Porque sé que estás todavía recordando los momentos en los que has follado con él, las veces que te has corrido. Lo sé porque me has puesto la webcam y desde la oficina he podido ver como te follaba.

Y como tú te lo follabas con ese ardor y frenesí que nunca has tenido conmigo, porque nunca te he follado. Ni me has follado. Soy tu cornudo sumiso impotente y no tengo derecho ni a sugerirlo. Y él, además, te tiene loca, estás todo el día pensando en él y sueles cogerme la cabeza, meterla en tu coño y obligarme a lamerte mientras pronuncias su nombre, lo llamas, aunque no pueda oírte. Y  dices mucho: “Soy tu puta”. Porque lo eres. Eres su puta. Te lo follas cuando quieres, como quieres y donde quieres.
- Lámeme, cornudo, y haz que me corra pensando en él, mientras pronuncio su nombre, mientras te llamo cornudo y te digo que soy su puta.
- Sí, amor mío.


Y entonces te lamo y saboreo los jugos de la excitación que te provoca otro macho, otro hombre, un tío de verdad, como tú me sueles recordar.
- Él no es sumiso como tú -me dices mientras te lamo-. Sabe como tratar a una hembra, como follarla, como hacerla gozar entre sus brazos porque es muy hombre. Tú sólo llevas braguitas porque eres una puta sumisa impotente.
- Lo sé, amor mío.

Eso suele pasar cuando él no está en casa. A veces me mandas  ir a recogerlo en el coche cuando no puede usar el suyo, porque te urge follártelo. Y cuando llego me pongo el cintuón de castidad, preparo las bebidas y me quedo de rodillas en un rincón por si me necesitas; por si necesitas que te lo excite y le chupe la polla para que se le ponga dura. Por si necesitas que te lama el coño para limpiártelo. Por si necesitas que te traiga la fusta para que me azotes el culo delante de él y que él se excite más al verme humillado y que así  te folle mejor. O para que le lama los huevos mientras su polla entre y sale de tu coño.

Soy tu sumiso cornudo impotente y cabrón. Lo sabemos desde novios. Tú te diste cuenta de que era impotente, pero no le diste importancia. Yo te dije que te amaba con locura, pero que no podía cumplir y que si te parecía bien lo dejábamos.
- ¿Me amas?
- Con toda mi alma.
- ¿Y no quieres perderme?
- No, nunca.
- Estás dispuesto a todo para no perderme?
- Sí, por supuesto.
-  ¿A todo?
-  A todo, amor mío.

Y entonces me lo dijiste: seguiríamos siendo novios y nos casaríamos, pero tú tendrías libertad absoluta para todo.
- Va a ser duro, vas a sufrir.
- No me importa.
-  Me lo imaginaba: eres un masoquista feliz. Me lo había insinuado una amiga pero, ¿sabes?, en vez de alejarme de ti me puse cachonda al oírlo. Debo de sádica, pero le suplique que hiciera lo posible por presentarnos. Y lo hizo. Nos presentó. ¿Te acuerdas? Desde entonces no se te ha puesto dura nunca, ni en nuestra noche de bodas en la que follé con un macho que tú me buscaste y pagaste. ¿Te acuerdas? Supongo que sí porque nos hiciste fotos mientras te hacía cornudo en nuestra noche de bodas y  te veía la cara satisfecha porque estabas gozando, a tu manera y eso me puso más caliente y más puta. Tú me has hecho puta, porque me calienta tener un marido cornudo y sumiso.

Eso me dijiste entonces y  jamás te he follado. Has cumplido. Y sólo puedo lamerte o besarte las tetas o el coño, cuando están llenos de la leche de un macho. Llevo bragas hasta para ir a la oficina y soy la hembra de la casa. Tú eres el macho, la que domina, la que manda, la que lo decide todo porque hasta las cuentas del banco, teléfono o del  gas, están todas a tu nombre. Pero te amo tanto que todo esto me parece poco. Te lo dije el primer día que me hiciste cornudo.
-Te quiero amor, mío. Soy tu esclavo.
- ¿Esclavo?
- Sí, esclavo. Y ser tu esclavo me parece poco.

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