jueves, 18 de octubre de 2012

Shara Dom y su cornudo favorito (I)

Conocí a mi querida  Shara Dom  en Internet hace ya como dos años porque ella había leído algunos relatos míos en la web  y le habían interesado algunos. Me escribió y le confesé mis más íntimos secretos, mis anhelos de sumisión a una mujer y que ella me hiciera cornudo como una situación natural. Ella me confesó que tenía experiencia, que a todos sus ex los había hecho cornudos y que tenía experiencia en la sumisión de los tíos. Me fascinó desde el primer momento.

Ella es de otro lugar y nuestra  relación ha sido hasta ahora por Internet y por medio de e-mail. He de confesar que mi querida Shara tiene los ojos negros, muy negros y una mirada de esas que te dejan helado y que te llevan a postrarte ante ella y a decir algo así como "soy suyo Shara, puedes hacer conmigo lo que quieras". Tiene el pelo negro  y una sabrosos labios que le dan un atractivo muy especial pues luce un lunar en la comisura.

Y sobre todo, es de una plecara inteligencia y lucidez que la hacen una mujer maravillosa para adorar, reverenciar y postrarse ante ella para dejarse llevar por su carácter como si fueses a la deriva, pero a la vez seguro de ella, de su integridad, de su saber estar y de su elegancia. Es una mujer segura de sí misma que sabe siempre lo que quiere y que tiene una personalidad que te asombra y apabulla. El problema de nuestra relación era que los dos teníamos trabajo en nuestras respectivas ciudades y que no nos podíamos mover. Pero eso no es óbice para dos personas que se aman.

Al principio de la relación yo le fui confesando por correo electrónico mis más íntimos secretos y ella, aunque andaba un poco reacia pues sabía que nuestra relación era difícil debido a la distancia que nos separaba,pero fuimos avanzando, gracias a su magisterio.

Le confesé que era impotente y me dijo que eso era incluso mejor porque ella jamás folla con sus sumisos pues los penes de éstos no son dignos de entrar en su sagrado coño. Ella llamaba a mi pene "pito" porque polla sólo tenían para los machos de verdad que la follaban y follarían. Yo sólo una una puta sumisa impotente.
- Jamás follarás conmigo -me aclaró. Hazte a la idea. JAMÁS, NUNCA. Te morirás sin haber follado jamás conmigo. Y a partir de ahora llevarás siempre bragas.

Y acepté. Me compré un cinturón de castidad, me lo puse y le envíe a ella la llave por correo normal para que al tenerla supiera que a miles de kilómetros, un hombre, su cornudo sumiso e impotente, estaba en castidad permanente por ella, porque él no quería tener ningún placer que no pudiera compartir con ella, que ella le hubiera provocado. Ella, por supuesto tenía libertad para gozar allí con otros porque en nuestro trato estaba claro que ella tenía todo el poder sobre mí, toda la libertad y yo no tenía ninguna pues se la había entregado a ella para que ella gozara con mi sumisión. Y con mis cuernos. Y al humillarme llamándome cornudo impotente.

Quedó claro entre nosotros que yo era masoquista y que mi placer consistía en sufrir al verla a ella gozar.  Pronto me puso los cuernos y  dejó de llamarme Antonio y comenzó a llamarme Cornudo Impotente. Ya había  gozado con la polla de otro macho y cuando me lo contó mi pito se puso durito. No muy duro, pero durito y excitado.  Le di las gracias por hacerme cornudo, porque ya era de verdad su cornudo impotente. De por vida.

Fue entonces cuando le propuse que nos casáramos. Un día ella viajó a mi ciudad, nos casamos en el Juzgado, aunque la noche de bodas la celebró ella con un chico muy guapo, con un gigoló que yo le busqué y pagué, y que ella celebró como debía, gozando como una loca, follando toda la noche con él. Y yo feliz y excitado al saber que ella gozaba de verdad y me hacía más cornudo sumiso desde el primer día de nuestra boda, en la mismísima noche de bodas como anticipo y señal de lo que me esperaría a partir de ese entrañable momento.  Ya era cornudo total. Y además impotente absoluto pues en toda la noche mi pito se puso sólo durito. Y ella. mientras follaba con su amante, me miraba y sonreía al verme con el cinturón de castidad puesto.

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