sábado, 10 de noviembre de 2012

Porque lo soy: soy cornudo. Y muy consciente. Demasiado.

“Ven, entra”, me has dicho mientras estás sentada encima de tu nuevo amante, de tu novio, según tú lo llamas. “Pasa y no te cortes”, me has dicho entre gemidos, mientras él te mete mano en el coño, bajo la braga y tú gimes, suspiras y le dices que siga, por favor, sigue que me vuelves loca.

Te gusta hablar con él. Decirle lo mucho que te gusta, lo mucho que te excita y lo mucho que te engolfa. Porque te ha engolfado y ya follas con él no sólo en su despacho, sino también sobre la mesa, en el garaje, en el coche y ahora en casa, en nuestra sala de estar, sobre el sillón que nos compró mi madre. No tienes hartura. Hace contigo lo que quiere y tú siempre le dices que sí. Bueno, tú coño le dice que sí porque sólo con rozarte ya mojas la braga y echas espuma por el coño.
- Mi coño es suyo, no sé cómo explicártelo.

Te tiene cogida la voluntad, eso me dices. No lo puedes evitar, eso me cuentas. Es superior a tus esfuerzas, según me confiesas cuando vienes de follar con él, me abrazas y me cuentas cómo te ha follado, lo mucho que te has corrido y lo mucho que te va a follar a partir de ahora.
-        Me vuelve loca con su manos, con su  polla,  con su aliento.


Y yo callo. Siempre callo, quizás porque no tengo fuerzas pare decirte nada, quizás porque una vez que te dije algo, no recuerdo bien, pero algo suave, un quejido, una suave protestas, me dijiste que si no lo comprendía  que cogiera la puerta y me fuera. O no, mejor me voy yo, me dijiste. Pero yo te dejé marchar. Al menos ese día. Porque al día siguiente fui al hotel en el que te alojabas y te supliqué de rodillas que no me dejaras.
-        Pídeme lo por favor
-        Por favor no me dejes. No puedo vivir sin ti, sin estar a tu lado.
-        Suplícamelo.
-        Te lo suplico, amor mío. No me dejes.
-        De acuerdo, pero a partir de ahora no podrás decir nada.

Acepté y no digo nada. No digo nada cuando te vas con él todo un fin de semana a navegar en su barco. O cuando os vais a pasar los puentes a su chalé en la playa donde según me cuentas cuando me llamas por teléfono,  no sólo te folla él, sino que te follan sus amigos.
-        No puedo evitarlo. Hace con mi coño lo que quiere, cariño.
-        Lo sé, cielo.

Porque lo sabía. Y lo sé. No puedes evitarlo. Y yo no puedo evitar amarte tanto que te consiento todo. Todo. Absolutamente todo, porque ahora folla en nuestra cama, yo le recojo la ropa para que no se arrugue y os traigo las bebidas. Sé que tenía que hacer algo, pero no hago nada. Ni tan siquiera follo contigo porque dices que él no quiere que lo haga.

Y sus palabras son ley para ti. Tampoco te puedo acariciar, ni lamer. Sólo el coño cuando él se ha corrido en él. Y entonces sí, me lanzo como un poseso a comerte el coño, tu sagrado coño, aunque sé que está lleno de su leche. Pero después de unas lamidas el semen se ha ido, me lo he tragado y sabe a ti, a tu coño, a tus jugos, al placer que te ha provocado otro macho.
-        Me gusta que me lamas cuando él se ha corrido –sueles decirme.
-        Por qué.
-        No sé, pero siento un extraño poder sobre ti. Pero sobre todo,  porque al verte a ti lamiéndolo, a mi macho se le pone más dura, se excita y me vuelve a follar con más ganas. Tus cuernos le hacen sentirse más macho. Mucho. Sobre todo al ver lo poco hombre que tú eres.

Lo soy, es verdad.  Poco hombre, digo. De hecho ahora llevo bragas. Tus bragas. Las bragas que tú te quitas y que me das todos los días para que me ponga. Dices que así estoy más femenino y él no se siente amenazado por otro hombre. Dices que así él se siente más macho, más hombre y te folla mejor. Debe de ser así, porque últimamente viene todos los días a follarte. Y duerme en nuestra cama de matrimonio, mientras yo lo hago en la alfombra donde os oigo follar, gemir y donde de vez en cuando me llamas para que te limpie el coño y que él vuelva de nuevo a follarte.


No duermo bien.  Sobre todo porque os pasáis la mayor parte de la noche follando. Parecéis adolescentes. Y yo un cornudo. Consentidor. Y sumiso, muy sumiso, porque incluso ahora le chupo la polla a él para ponérsela dura y que tú puedas follártelo mejor. Dices que es necesario mi concurso para que él se excite más al humillarme de esa manera. No sé qué más se te puede ocurrir para que él goce. No lo sabía, pero ahora lo sé. Me has dicho que quieres azotarme el culo para que él se divierta, se excite y te folle mejor.

Y te he dicho que sí, que bueno, que cuando quieras, como quieras y donde quieras. Que incluso sacaré el culo para que no te equivoques, veas bien donde das y me azotes más fuerte. Ya lo has hecho delante de é y efectivamente, se ha excitado y luego te ha follado mejor. Y me he alegrado de ello. Porque te veo feliz y que estás contenta, que es lo que yo quiero. Y que  es lo que tú quieres, amor mío. No quiero que vuelvas a irte de casa.

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