domingo, 16 de diciembre de 2012

Lo sé: lo suyo es polla y lo mío es un pito ridículo de cornudo

Me llamas, me dices: Ven de prisa que quiero enseñarte algo. Y acudo rápido junto a ti  y entro en la sala de estar donde está el ordenador y donde te veo sentada ante él mirando fijamente la pantalla.
- Mira esta chica. ¿La ves?
- Sí, la veo.
- Es más guapa que tú, más femenina y sin embargo tiene más polla que tú.
- Ya lo veo.
- Bueno, en realidad ella tiene polla, porque eso es una polla y lo tuyo un pito ridículo,
- Sí, ya lo veo.
- ¿Comprendes ahora por qué eres cornudo?
-  Sí, mi amor.
- ¿Comprendes ahora por qué debes de ser aún más cornudo?
-  Sí, mi vida.

Pues entonces llama a Abel para que venga. Y he corrido a llamar por teléfono a tu amante Abel que no ha tardado en venir, porque vive en un edificio cercano de nuestra misma calle. Y cuando le he abierto la puerta tú has salido, me has dicho que lo desnude, lo he hecho y cuando nos has tenido a los dos desnudos (yo ya lo estaba porque siempre lo estoy por casa), has puesto juntas las dos pollas para comprarlas.
- Esto es como lo de Barrio Sésamo, cornudo mío. Lo suyo es polla y lo tuyo es un pito ridículo.
- Ya lo veo, cariño.
-  Entonces repítelo para que lo aprendas como los niños.
-  Lo suyo es polla y lo mío un pito ridículo.
-   No, así no es. Lo has hecho mal. Dilo como corresponde.
-   Lo mí es un pito ridículo, de cornudo, y lo suyo es una polla de macho.
-  ¿Y qué se hace con las pollas de macho
-  Follarlas, mi vida.
-   Exacto. Las pollas hay que follarlas y los pitos ridículos hay que meterlos en un cinturón de castidad.

Y eso has hecho. Me has enjaulado en un cinturón y te has puesto a follarte la polla, es decir, a follar con tu amante mientras yo te miro, te lo doy las gracias por hacerme cornudo y, si me dejas, te lamo los pies para agradecerte lo bien que te portas conmigo. Y lo feliz que me haces.

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