miércoles, 20 de marzo de 2013

Mi puesta de cuernos es lo más sagrado


A él se la chupas y le lames los huevos. Tiene una buena polla. A mí jamás me la has chupado, ni me has lamido. Nunca. Porque veo esa pasión que pones para chupársela que es casi devoción y comprendo porque este macho te gusta tanto y repites con él en cuanto puedes. Varias veces. A la semana.
- Sólo verlo me moja el coño –me dices.

Lo sé. Me lo has contado. Me lo cuentas todo. Me has dicho que trabaja en tu oficina, que está muy solicitado por todas las chicas, pero que tú conseguiste atraerlo hacía ti al acorralarlo en los aseso de caballeros y meterle la lengua en la boca. Pero sobre todo cuando le dijiste que tenías un marido cornudo que jamás te había follado, porque es sumiso, y que hacías conmigo lo que querías. Incluso humillarme y azotarme tras cada puesta de cuernos. Me dijiste que al oír esto se le había puesto dura.
- ¿Quieres follarme y ver como azoto luego al cornudo de mi marido?

Te dijo que sí con la polla. Se le puso aún más dura y se corrió en tu boca. Te tragaste el semen enterito. Desde entonces y para que él se excite y se le ponga la polla muy dura, me azotas antes y después de los cuernos. Y si se le afloja en algún momento, también me azotas para que vuelva a excitarse y puedas follártelo otra vez, porque le pone ver a un cornudo sumiso azotado por su esposa.

Te lo follas siete u ocho veces cada noche que pasa en casa, en nuestra cama de matrimonio, mientras yo me arrodillo en la alfombra. Dices que mi puesta de cuernos es lo más sagrado que hay en mi vida y que por tanto he de asistir a ella de rodillas. Y luego os llevo el desayuno a la cama y me aparto porque enseguida os podréis de nuevo a follar y volveré a ser azotado.
Ayer me dijiste que la próxima vez me azotará él. Que él te lo ha pedido porque dice que le excita.
- ¿Qué me dices, cornudo?
- Lo que tú digas, amor mío.
- Si te azota se le pone más dura, me folla mejor y entonces serás aún más cornudo.
- Entonces sí.
- ¿Estás seguro?
- Sí, amor mío.
-  Entonces ve a por el látigo y ponte el cinturón de castidad. Eres tan cornudo que sabía que ibas a decir sí, y ya lo he llamado.

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