lunes, 21 de marzo de 2016

Cornudo desde antes de la noche de bodas

Viniste a casa llorando. No quisiste decirme nada, qué te pasaba y me callé. Pero supuse que era algo grave. Qué te ocurre, qué te ha pasado, volví a insistir. Nada, pero no me puedo casar contigo. Por qué. Porque no puedo.

No quisiste decirme más. Callaste, pero yo me arrodillé junto a ti, te cogí las manos, te las besé y te dije que te amaba y que no podía vivir sin ti.
- No te merezco -me dijiste
- Por qué, amor mío.
- Porque te he engañado, me he acostado con otro y te he puesto los cuernos.

Sentí un profundo dolor en mi pecho. Y rabia, y celos. Pero no podía odiarte, ni dejar de quererte y seguí besándote las manos.
- Te amo -te dije.
- No te merezco. No puedo casarme contigo.
- No me importa. 
- ¿Quieres que sigamos con lo de la boda después de haberte hecho cornudo?
- Sí, amor mío. Te amo y no puedo vivir sin ti.

Desde aquel día todo cambio. No sé cómo ocurrió pero poco a poco fui diciendo sí a todo lo

que tú proponías. El dolor por los celos fue sustituido por un extraño placer de complacencia, de entrega, de amor absoluto. Te amaba tanto que te lo perdonaba todo. Y tú fuiste poco a poco apoderándote de mi voluntad hasta el punto de que un mes  antes de la  boda volviste a engañarme, a ponerme los cuernos. Pero esta vez no viniste a casa llorando. Todo lo contrario.Me lo volviste a confesar, pero esta vez con la seguridad de que yo te iba a perdonar.
- ¿Me perdonas?
- Sí, amor mío. Te perdono.

Quince días antes de la boda volviste a engañarme, a ponerme los cuernos, pero esta vez me lo dijiste antes.
- He quedado con un amigo. Voy a volver tarde, cariño -me anunciaste con una sonrisa, mientras me acariciabas la polla y notabas que estaba dura, muy dura.

Y cuando volviste al día siguiente, ya de mañana, no me dijiste nada. Sólo te echaste sobre la cama, te abriste de piernas y me dijiste qué tenía que hacer:
- Lame, cornudo, que me pones cachonda.

Y te lamí el coño recién follado. No hizo falta que habláramos más porque cuando me dijiste que el chico que te follabas era tu jefe, comprendí que nuestra situación ya no tenía vuelta atrás.
- Él me ha comprado la lencería para mi noche de bodas.
- ¿Tú noche?...
- Sí, es que quiere follar conmigo esa noche y yo no quiero desilusionarlo. ¿Lo comprendes, cariño?

Lo comprendí. No quería perderte. Te amaba con locura y además todo aquello ya me parecía lógico. Así que te ayudé a probarte la lencería que ibas a usar en "vuestra noche de bodas".  Porque fue vuestra pues os pasasteis toda la noche follando mientras yo miraba sentado en una butaca.

Desde entonces todo ha cambiado. O todo sigue igual. O todo ha seguido una consecuencia lógica porque cuando me dijiste que no querías en nuestra casa hubiera otro macho que no fuera tu amante, yo acepté. Y me dejé feminizar, que me pusieras un cinturón de castidad y que me convirtieras en una putita.
- En su putita, cornudo. Quiero que seas la puta de mi macho para que esté contento y feliz.

Y lo soy, porque no sólo limpio nuestra casa vestido de doncella, sino que además tengo que ir a la suya a limpiarla mientras vosotros folláis en la nuestra.  Que ya es la suya porque él ha tomado el mando de nuestra casa, es el macho dominante, duerme en la cama de matrimonio y yo lo hago en la alfombra.
- ¿Eres feliz, cornudo? -me sueles preguntar desde arriba.
- Sí, amor mío, muy feliz.





0 comentarios :

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.